Reflexiones día 7: ayuno voluntario indefinido

Una nueva confesión. Nunca estuvo dentro de mis pronósticos que fuese necesario llegar con
nuestro sacrificio hasta el día de hoy. Siendo pesimista, consideré que con cuatro o cinco días iba a
ser suficiente para disuadir las posturas indolentes del gobierno. Cuán equivocado estaba. Bien me
lo decía en uno de sus más sentidos escritos el Decano de mi Facultad: “… un abrazo mi hermano…
en un Estado democrático la huelga de hambre tiene sentido…en un Estado autoritario no”. Pero
verbalmente también me insistió Carlos Alberto Agudelo en que Colombia podía tener en estos
momentos a cuarenta Gandhis en huelga de hambre, y los cuarenta se morirían indefectiblemente.
Los Estados autoritarios tienen como rasgo distintivo el sometimiento absoluto de la población a
una autoridad de la cual emanan excesos para aplastar la democracia, para mantener privilegios de
unos pocos y adoptar posturas dictatoriales que reprimen expresiones de libertad en aquellos que
luchan por cambiar el statu quo. El ejercicio del poder excluye cualquier posibilidad de construir
consensos de forma participativa, también se caracteriza por diseñar estructuras opresoras y
carentes de legitimidad. Las imposiciones y jerarquías pétreas son otra distinción de los modelos
autoritarios.
Colombia es precisamente eso, una nación a pesar de sí misma, como el título de una de las obras
de David Bushnell. De las dificultades identitarias que han conducido a los colombianos a profundas
ambivalencias, una de las que más destaco para este escrito es indudablemente aquella que nos
hace percibir, por una parte, que estamos ante una supuesta democracia consolidada y pujante en
el contexto latinoamericano y, por la otra, aquella que nos hace sentir que en la práctica estamos
bastante distantes de los verdaderos regímenes y sistemas democráticos altamente evolucionados
que ponen por encima de todo el factor humano.
El silencio infame de quienes nos gobiernan genera indignación y sentimientos de frustración en mi
alma, pero la fuerza vivificante de miles de voces como la de CHRISTIAN, un bello niño invidente, no
mayor de trece años que me visitó anoche en la carpa, para decirme que “había escuchado y estaba
muy preocupado porque se iban a acabar las universidades públicas y que si era así entonces él no
estudiaría jamás”, me conmovió hasta las profundidades del corazón. Con su esplendoroso violín
me dedicó tres hermosas melodías que me hicieron vibrar y comprender que es por ellos que
debemos continuar, sin tregua, sin arredrarnos ante las injusticias que generan los poderosos. Hoy
le digo a Christian y a tantos niños que me han escrito apoyando mi sacrificio que seguiremos
adelante, no permitiremos que terminen con la esperanza de quienes aún tienen fe en la educación.
Insisto, NO CLAUDICAREMOS.
Juan Carlos Yepes Ocampo
Manizales, 22 de octubre de 2018.





